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Debido al alto costo de los boletos, se percibieron butacas vacías en los primeros juegos del Mundial 2026.

Por Valeria Arévalo | FOTO: FIFA

Viernes 12 de junio de 2026

México, Estados Unidos y Canadá 2026 es el Mundial más ambicioso de la historia en cuanto a logística se refiere. Sin embargo, la FIFA se olvidó de lo importante: el éxito de un evento viene de la mano del público que lo acompaña, que pone el ambiente para hacerlo, o no, inolvidable.

El Estadio Azteca, denominado por Gianni Infantino —presidente del organismo—, como la Catedral del Futbol, fue una de las sedes elegidas para albergar la justa. Sin embargo, ni su fascinante historia —único en albergar tres Copa del Mundo, y que vio a Pelé y a Maradona alcanzar la gloria— fue suficiente para llenarlo. ¿La razón? La falta de accesibilidad.

"Nuestro precio promedio está debajo de los USD $500 dólares y es más bajo que los deportes estadounidenses. Si comparamos los playoffs de uno con la Copa del Mundo, los precios fueron precisos", defendió Infantino previo al partido inaugural.

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La apertura del evento, que tuvo como estelar el partido entre México y Sudáfrica, tuvo una asistencia de 80,824 personas. Pero aún en la transmisión por televisión, se percibieron butacas vacías y el ambiente mágico en la tribuna —tal como en el amistoso entre el Tri y Portugal en su reapertura— no respaldó.

Ni hablar del Estadio Guadalajara, donde más tarde, el mismo día, chocaron Corea del Sur y Chequia, y que tampoco se llenó. Detalles que se convirtieron en un escándalo entre la opinión pública, y que rápidamente salió a argumentar la FIFA.

"Las cifras de asistencia reflejan el número de boletos escaneados y los espectadores dentro del perímetro del estadio, en lugar de evaluaciones visuales de la ocupación de los asientos. Durante el partido de Guadalajara, aficionados con boletos pudieron verse de pie en los pasillos en lugar de permanecer en sus asientos", dijo.

¿Por qué el evento más importante del deporte más popular del mundo no está a reventar? Porque a los aficionados reales, los apasionados por el juego, que son capaces de cruzar fronteras y mover cielo, mar y tierra para apoyar a sus seleccionados, no les alcanza para comprar una entrada.

En cambio, quienes ocupan un asiento dentro de los estadios para disfrutar el circo —mal hecho— de la FIFA, son la clase alta y los llamados influencers; estos últimos, producto de la comercialización que le obliga al Mundial cumplir acuerdos con una lista de patrocinadores cada vez más larga.

Va de la mano con la falta de ambiente. Quienes tienen acceso al evento no necesariamente sienten el frenesí que provoca el juego; es más, muchas veces no pagan por ello y ni siquiera siguen el futbol. Sus emociones no salen a flote durante el partido, dejando de ser ese empuje que los equipos —caso del Tri— demandan.

La justa veraniega dejó de ser del pueblo para el pueblo, y aunado a los problemas sociales que se presentaron en cada sede —reflejo de su propia realidad— en la previa, la llama que la distinguía se mitigó en esta edición.

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